
(Caricatura: Martirena).
Como ningún otro, 2017 reclamará de la unidad de todos los cubanos y de la guÃa espiritual de su eterno Comandante rebelde, quien siempre vio en el pueblo la inteligencia más brillante, el sentimiento más puro, y en los jóvenes, el desinterés y la moral extraordinarios para hacer «grande y feliz nuestro destino», como expresara a los santaclareños el 6 de enero de 1959.
Evocar aquellas horas junto a Fidel nos devolverá al hombre Ãntegro y cabal que, tras agotadoras jornadas desde el oriente cubano, sin el propósito deliberado de «hacer una marcha triunfal ni mucho menos», se detenÃa en una y otra localidad para «atender el deseo del pueblo de hablar con nosotros y de saludar a los combatientes del Moncada».
A Santa Clara llegaba no para pronunciar un discurso glorioso, porque «la gloria de los revolucionarios, de todos los que han combatido, pertenece al pueblo y pertenece a la historia.  ¡Los muertos que han caÃdo, cualquiera que haya sido su brazalete, pertenecen a la patria y pertenecen a la historia, no pertenecen a nadie!  ¡Los sacrificios que se han hecho pertenecen a la patria y pertenecen a la historia!»
Más que una alocución, Fidel conversa con la multitud. Fue su cualidad. «[…] Desde que el pueblo manda hay que introducir un nuevo estilo:  ya no venimos nosotros a hablarle al pueblo, sino venimos a que el pueblo nos hable a nosotros…».
Y al pueblo pidió estar muy alerta, «[…] no puede creer que en un dÃa vayamos a resolver todos los problemas, que ustedes y nosotros vayamos a resolver los problemas de Cuba. Les voy a decir más: vamos a equivocarnos más de una vez, porque nosotros no tenemos que ser infalibles; empieza el pueblo a gobernar y puede equivocarse».
Por eso estaba allÃ, junto al «mejor guerrero» —su pueblo— para reclamar, por encima de intereses y vanidades personales la «unión sincera» de todos los elementos revolucionarios. «Quien actúe mal pierde a sus seguidores, quien actúe mal no le seguirá nadie […] Eso es lo que pienso hoy, pensaré mañana y pensaré siempre; la verdad que estoy dispuesto a decir aquà y en todas partes, discutir aquà y donde sea necesario discutirla, delante del pueblo, que es el que manda», dijo.
–¡Fidel! ¡Fidel! ¡Fidel!…, exclamaban una y otra vez los santaclareños. Los habÃa de todas las edades, de todas las clases y estratos sociales, de todos los barrios de la ciudad, incluso niños en los brazos o de la mano de sus padres, tÃos, abuelos… Fidel lo sabe.
«¿Cómo será la juventud que va a venir después de la Revolución, la que vamos a educar con el buen ejemplo?», se preguntó en un momento de su discurso, luego de evocar la conformación del Ejército Rebelde, en su mayorÃa jóvenes campesinos de la Sierra Maestra, y «estudiantes que abandonaron los libros y vinieron a manejar un fusil que nunca habÃan usado antes, estos combatientes gallardos de nuestra juventud», a lo que habÃa que «sacarles la calidad humana extraordinaria que tienen, de la inteligencia brillante que poseen, del sentimiento puro que alberga cada uno de ellos en sus corazones».
A la pregunta formulada, no dio una repuesta determinada. Sin embargo, expresó su seguridad en que esa generación darÃa «formidables gobernantes como ha dado formidables guerreros». Cuba necesitaba de ellos, como también de los estudiantes, «verdaderos graduados y hombres capacitados, porque esta es la hora en que se podrá poner al servicio del paÃs toda la capacidad de nuestro pueblo».
Fueron entonces jóvenes los gobernadores, los ministros, los administradores, los policÃas, los milicianos, los alfabetizadores, y en poco más de una década lo serÃan médicos, ingenieros, maestros, deportistas, veterinarios, artistas e instructores de arte…
Asà de consecuente y visionario fue Fidel durante su larga y fructÃfera existencia. Siempre que tuvo una dificultad, un problema, una queja acudió al pueblo, agotaba hasta la repetición los razonamientos, los argumentos, la persuasión, la diplomacia. «Si el que manda es el pueblo, y si el pueblo está dispuesto a actuar, como actuará siempre, con honradez y con justicia, el pueblo será quien diga la última palabra sobre todos nuestros problemas», expresó entonces.
A los santaclareños — «los problemas de una provincia son los problemas de toda la isla», habÃa dicho— pidió no dejarse confundir, no dejarse engañar «[…] Porque vendrán los demagogos, vendrán los oportunistas y vendrán los descarados a querer confundir al pueblo.  ¿Quieren unir al pueblo?  Lo que tratarán es de dividirlo, lo que tratarán es de engañar […] Por fortuna el pueblo tiene un gran sentido crÃtico y un poder de adivinar quién es demagogo y quién no lo es».
Dejamos atrás un 2016 duro. No tanto como aquellos convulsos y desafiantes primeros años de la Revolución, en un paÃs sin edades y sin sexo, en que el que todo estaba por hacer y nacer, y nada habÃa más sagrado «que velar por el destino de la República y por el interés de nuestra patria», como refirió Fidel aquella inolvidable tarde del DÃa de Reyes, hace ahora 58 años.
Tarde en que también recordó a José Antonio EcheverrÃa, caÃdo en combate durante las acciones del 13 de marzo de 1957. Muchacho «todo espÃritu santo, todo amabilidad», y cuya muerte sentÃa  profundamente «porque aquà hacÃa mucha falta en esta hora y porque aquà estarÃa abrazado conmigo». Y en su memoria aunaba el desinterés y la moral extraordinarios de la juventud revolucionaria que «se unirá toda como está unido el pueblo, que es lo que hará grande y feliz nuestro destino».
PedÃa «trabajar para hoy y para mañana, para esta generación y para las generaciones venideras», en aras de «sentar sobre bases firmes el futuro grandioso de la patria». Ese pueblo de Cuba que «con su gesto heroico, le ha dado un ejemplo al mundo entero!».
Ya sobre esos cimientos sólidos, en otro momento no menos histórico y delicado, en medio de profundas transformaciones nacionales y un contexto internacional incierto, la Cuba de 2017 en adelante ha de empinarse por sobre lo conquistado, en busca de prosperidad económica y mayor bienestar social.
No. No puede —aunque se quiera o lo quieran— olvidarse un hombre cuyos destinos lo ataron para siempre a un pueblo en el que depositó la misma confianza, el mismo pensamiento y la misma fe que lo llevaron a derrotar a uno de los ejércitos más poderosos y una tiranÃa de las más sangrientas de América Latina.
En Santa Clara lo tendremos siempre.
Y desde allÃ, donde pasó su última noche junto al Che, le evocaremos y hablaremos. Para como él mismo dijo, o mejor, parafraseándole, pueda sentirse orgulloso de este pueblo unido, que como el de toda Cuba, deberá mantener la fe y la esperanza que siempre le inculcó.
Dejamos atrás un año duro. Lleno de esperanzas y expectativas. 2017 recién comienza. Ningún momento mejor para la reflexión, para reorganizarnos, exigirnos, disciplinarnos, respetarnos los unos a los otros, recobrar la laboriosidad, el amor al trabajo, la confianza en sà mismos, la certidumbre de que sà podemos…Y lo que venga será. Y será junto a Fidel.
Toamdo de Vanguardia