Por Pedro Antonio GarcÃa
Con las elecciones espurias de 1954, donde hasta los muertos aparecieron como votantes, el régimen tiránico de Fulgencio Batista quiso dotarse de una aparente legalidad democrática y tras varios indultos a opositores, anunció una amnistÃa de los centenares de presos polÃticos hacinados en cárceles cubanas. Pero la lista de los posibles excarcelados excluÃa a Fidel y los Moncadistas.
La protesta ante tal exclusión, iniciada por los familiares de estos, se fue transformando, bajo las orientaciones de Fidel, en una formidable campaña nacional apoyada por diversos sectores de la sociedad. La presión popular aumentaba por dÃas. Dentro del marco de la limitada libertad concedida por la tiranÃa, gran parte de la prensa radial y escrita, más proclives al afán de obtener mayores audiencias que de asumir una correcta posición polÃtica, ofrecieron sus espacios a los partidarios de la excarcelación sin condiciones, lo que contribuyó a generalizar aún más un estado de opinión favorable a la amnistÃa.
Desde el presidio, Fidel aclaraba en carta hecha pública por la revista Bohemia (19 de marzo de 1955): «No, no estamos cansados. Después de veinte meses nos sentimos más fuertes que nunca. No queremos amnistÃa al precio de la deshonra (…) Mil años de cárcel antes que la deshonra. Mil años de cárcel antes que el sacrificio del decoro. Lo proclamamos serenamente, sin temor ni odio».
El formidable despliegue publicitario en torno a la amnistÃa trajo de nuevo al debate público los hechos del 26 de julio de 1953 y los crÃmenes cometidos durante aquellos dÃas por el régimen tiránico, que en el marco de limitada legalidad, no pudo eludir las denuncias a sus desmanes ni los ataques a su gestión de gobierno. Por otra parte, la campaña sirvió para que los moncadistas contactaran con otros grupos y elementos auténticamente revolucionarios, que luego, unidos bajo el liderato de Fidel, constituirÃan el Movimiento 26 de Julio.
La tiranÃa, al aprobar la amnistÃa, cometió un grave error de apreciación. No vio que, en última instancia, constituÃa una derrota ante la presión casi unánime del pueblo.
En cambio erróneamente apreció que ante la dividida oposición burguesa, desgastada por divisiones estériles, desprestigiada por su inmovilismo polÃtico ante el régimen, los «jóvenes revoltosos» de la Generación del Centenario no iban a poder unir a los sectores oposicionistas. Obvió que tras las acciones del 26 de julio habÃa surgido una nueva dirigencia con un proyecto realmente revolucionario, y un nuevo lÃder, Fidel.
Al dÃa siguiente de su salida del Presidio (15 de mayo de 1955), el grandioso recibimiento a Fidel en La Habana, evidenció su ascendente prestigio en la vida polÃtica nacional. El joven abogado ya esbozó su táctica desde el primer contacto con la prensa: «Estamos por una solución democrática (…) El único que se ha opuesto aquà a soluciones pacÃficas es el régimen».
Para el jefe de los Moncadistas, no era el momento de enarbolar consignas insurreccionales, habÃa que convencer al pueblo de que la tiranÃa no iba a permitir forma alguna de oposición pacÃfica. Pronto la vida le irÃa dando la razón. El 19 de mayo, tras concluir una comparecencia radial suya, la emisora 1 060, onda hispano-cubana fue asaltada por la policÃa, la cual apresó al administrador de la planta y requisó documentos.
La Federación Estudiantil Universitaria (FEU), a través de su presidente, José Antonio EcheverrÃa, habÃa convocado a una concentración frente a la Escalinata para rendirle homenaje a los presos polÃticos recién liberados incluyendo a los Moncadistas. «Será invitado el doctor Fidel Castro para que haga el resumen de este evento patriótico», habÃa anunciado el estudiante de Arquitectura.
Desde la tarde del 20 de mayo de 1955, un ejército de agentes de los aparatos represivos batistianos, incluyendo a patrulleros de la sección radiomotorizada y soldados con armas largas y ametralladoras, cercaron totalmente la Universidad de La Habana, a la cual ya habÃan privado de energÃa eléctrica. El grueso cordón de uniformados cerraba todas las vÃas de acceso a la Colina e impedÃa con golpizas brutales que el pueblo se acercara a la casa de altos estudios.
En plena oscuridad, desde lo alto de la Escalinata, se oyó la voz de José Antonio, difundida por altoparlantes ubicados en varios puntos, quien denunció el carácter represivo del régimen. Al escuchar las arengas al combate contra la tiranÃa, los uniformados abrieron fuego, desde la encrucijada de calle L y San Lázaro, hacia el estrado en penumbras situado cerca de la Alma Máter.
Al dÃa siguiente, relata la prensa de la época, los transeúntes contabilizaron los impactos de bala en las instalaciones del recinto docente. Como un extraño sÃmbolo, una paloma muerta yacÃa en medio de la Escalinata. Para algunos, esa noche la tiranÃa batistiana le habÃa declarado definitivamente la guerra a la paz. Para otros, quedaba demostrado que no habÃa más opción que la del 68 y el 95: la guerra necesaria, la insurrección popular armada.