Por Jorge Wejebe Cobo

No nació Antonio Maceo en villa señorial. Vio la luz el 14 de junio de 1845 en Santiago de Cuba, y tuvo junto al resto de sus hermanos como entorno formador las agrestes estribaciones de la Sierra Maestra, en la finca familiar de Majaguabo.
En ese sitio, el padre le enseñó el arte del combate al machete en pleno campo, muy lejos de los estilizados salones de la esgrima, y se hizo experto jinete y en las cacerÃas certero tirador.
Mariana Grajales, la excepcional madre y Marcos Maceo, el padre, inculcaron a sus descendientes altos valores éticos, de amor filial, honradez acrisolada, dedicación al trabajo, valentÃa, solidaridad y sobre todo un profundo sentimiento anti esclavista e independentista para la Patria colonizada.
Fue la progenitora quien dos dÃas después de iniciada la Guerra de los Diez Años, en 1868 por Carlos Manuel de Céspedes, en Demajagua, el 10 de octubre, hizo jurar a sus hijos ante un crucifijo que lucharÃan por la independencia y casi todos los integrantes de la heroica familia, incluyendo al padre, ofrendaron su vida en el campo de batalla.
En el último año de su vida, el Titán de Bronce arribó a Mantua, en el extremo occidental de la Isla en 1896, para llevar la campaña de liberación a toda la nación, al frente de la columna invasora, lo cual se consideró el hecho de armas de la centuria al atravesar de oriente a occidente una Isla estrecha y ocupada por más de 300 mil efectivos del ejército español.
Esa proeza bastarÃa para quedar en las páginas más heroicas de la historia. El Lugarteniente General del Ejército Libertador Antonio Maceo fue epÃlogo de una existencia con ribetes de leyenda, escrita en la realidad de dos guerras contra el colonialismo hispano.
Desde el primer dÃa como soldado mambà se puso de manifiesto su arrojo en el combate, junto a un talento innato como jefe sagaz e imbatible que fue ascendiendo grado a grado hasta obtener las estrellas de general al igual que su hermano José.
Su trayectoria estuvo marcada en su cuerpo a lo largo de más de 600 combates en los que recibió 27 heridas de bala y arma blanca, pero también de los prejuicios del racismo de la época que intentaron presentarlo solo como el fiero combatiente, y fue José Martà en fecha temprana quien salió al paso a tanta maledicencia, al decir:.. tiene Maceo tanta fuerza en la mente como en el brazo.
Y si hubo alguna duda de su genialidad como pensador y estratega, se difuminó por su oposición con solo 32 años al Pacto del Zanjón, estrategia divisionista y reformista del poder colonial que aceptaron muchos jefes revolucionarios para deponer las armas, ante lo cual se alzó la intransigencia de Maceo en la Protesta de Baraguá, la página más heroica de nuestra historia, al decir también de MartÃ.
En esas heroicas jornadas se salvó el ideal independentista del barro de la traición, e hizo posible la continuidad de nuestra gesta independentista en la concepción de la Guerra Necesaria, organizada por el Maestro en 1895, la que tuvo nuevamente la mente y el brazo del Titán de Bronce.
Su legado antimperialista estuvo muy claro en su ideal cuando en otra ocasión mientras se encontraba de visita en Cuba en 1890, autorizado por el poder colonial y disfrutaba de un homenaje, un asistente al acto insistió en la idea de la anexión a los EE.UU. como solución a los problemas del paÃs, a lo que contestó:
“Creo, joven, aunque me parece imposible, que éste serÃa el único caso en el que tal vez estarÃa yo al lado de los españoles”.
La vocación latinoamericanista e internacionalista estaba contenida en su propósito de que “Cuando Cuba sea independiente, solicitaré al Gobierno que se constituya, permiso para hacer la libertad de Puerto Rico, pues no me gustarÃa entregar la espada dejando esclava esa porción de América”, como afirmó en carta a un amigo en 1884.
Antonio Maceo de esa forma estableció un legado compartido por otra figura excepcional de la historia latinoamericana, Ernesto Che Guevara, quien nació un 14 de junio pero 83 años después en Argentina, en 1928, y quien enfrentó al imperialismo estadounidense, el mismo que Martà vislumbró y Maceo rechazó instintivamente cuando era un peligro en acecho a Nuestra América.
El Titán de Bronce no escapó al destino de los de su estirpe al caer en el campo de batalla, como lo vaticinó en más de una ocasión a sus compañeros de armas, y el 7 de diciembre de 1896 libró su último combate en Punta Brava aquel que de niño aprendió a combatir en las cercanÃas de Majaguabo por los ideales patrióticos y de redención que les inculcaron sus padres Mariana Grajales y Marcos Maceo.