Por Jorge Wejebe Cobo

El verano de 1878 fue de celebraciones para las autoridades colonialistas en Cuba por la firma del Pacto del Zanjón y el fin de la Guerra de los Diez Años, las cuales tuvieron su apogeo el viernes 14 de junio con el recibimiento en La Habana al general Arsenio Martínez Campos.
Responsable del acuerdo con los insurrectos, el jefe hispano regresaba del oriente de la Isla, y el agasajo incluyó un arco de triunfo de madera erigido a última hora, una parada militar con participación del cuerpo de voluntarios, muy diestros en aplicar el terror en la ciudad, pero inútiles en el campo de batalla, y hasta los bomberos con las hachas y mangueras en ristre rindieron homenaje al “pacificador”.
Con las festividades coincidió la inauguración de uno de los tramos del Acueducto de Albear que saciaría la sed la ciudad, se proclamó la nueva división de la Isla en 6 provincias y comenzó a utilizarse el papel moneda, acontecimientos que aportaban una imagen de nueva época de prosperidad para Cuba bajo la corona española.
En las filas cubanas predominaban la confusión y la frustración de los ideales independentistas, lo cual se reflejó en la creación de las facciones liberales o autonomistas que solo veían la salida a la situación por el camino de las reformas prometidas por Martínez Campos de lograr para la colonia una mayor representatividad en el
gobierno de ultramar en Madrid.
Para entonces la Protesta de Baraguá no era entendida todavía por muchos como una de las páginas más heroicas de la historia de Cuba, como la calificara José Martí.
Ese era el panorama político de la Isla, más allá del perfil arquitectónico de La Habana que contempló el 31 de agosto de 1878 Martí, desde la borda del vapor español Nueva Barcelona en el que regresó, bajo la amnistía, procedente de Guatemala, y recién casado
con Carmen Zayas Bazán, embarazada de su hijo el “Ismaelillo”.
Tenía el Apóstol de la independencia solo 25 años y retornaba a la Patria tras 7 años de ausencia después de su primera deportación en 1871, para enfrentarse a la alternativa de consagrarse como joven abogado e intelectual en la tranquilidad del hogar familiar o
ceñirse “ la estrella que ilumina y mata”.
Nicolás Azcárate y Miguel Viondi, letrados famosos asentados en la capital y cercanos al partido autonomista, le tienden la mano a Martí y le ofrecen trabajo a la vez que le dan acceso a la vida cultural habanera, principalmente en los Liceos de Guanabacoa y Regla.
Probablemente ambos amigos tuvieran esperanzas de ganar al joven abogado para las ideas del autonomismo reformista en una etapa tan temprana en la carrera política del Maestro, cuando todavía no era totalmente conocida su verdadera esencia independentista.
Gonzalo de Quesada y Miranda en su libro “Martí, Hombre” explica que el Apóstol tras su regreso a la Patria solo tenía dos caminos “uno oculto, no por callado menos activo, el de la conspiración, el otro, el de encender con su verbo, en los torneos literarios entonces tan
en boga en los liceos, donde laten los corazones criollos , en pugna con los casinos hispanófilos, los mejores sentimientos de cubanismo.”
El 26 de abril de 1879, el partido autonomista le ofreció un banquete al periodista Adolfo Márquez Sterling en los altos del café EL Louvre con la presencia de sus máximas figuras encabezadas por Rafael Montoro e invitan a Martí a que hablar.
Entonces se apartó de la retórica moderación y dijo (…) si hemos de ser más que voces de la Patria, disfraces de nosotros mismos, si con ligeras caricias en la melena , como domador desconfiado, se pretende aquietar y burlar al noble león ansioso, entonces quiebro mi copa: no brindo por la política cubana.”
Alertado de las palabras de Martí, el Capitán General asiste a otra de las intervenciones del joven abogado, el cual lejos de limitarse ante el entorchado militar se refiere a la Patria y a sus valores en términos tales que el militar español expresó que no concibió nunca
se dijera delante de él tales palabras: voy a pensar que Martí es un loco … pero un loco peligroso.”
Cuando el joven patriota desafió al poder colonialista español, era ya junto a Juan Gualberto Gómez, uno de los jefes de la conspiración en la Isla para el nuevo intento insurreccional conocido posteriormente como La Guerra Chiquita, liderado por Calixto García, Antonio Maceo y otros jefes en la emigración junto con José Maceo, Guillermón Moncada, Quintín Banderas, Flor Crombet, Mayía Rodríguez, y Francisco Carrillo, entre otros patriotas residentes en la Isla.
El 17 de septiembre de 1879, hace 139 años el fundador del Partido Revolucionario cubano fue detenido en su modesta vivienda en la calle Amistad número 42 por sus actividades conspirativas y días después resultó desterrado por segunda ocasión a España, de donde se escapó y se estableció en New York.
Desde allí se desempeñó en calidad de segundo jefe de la nueva intentona insurreccional, La Guerra Chiquita, que al final fracasó, y Calixto García en 1880 depuso las armas por la falta de unión, recursos y condiciones para la lucha.
No obstante, la Guerra Chiquita fue un ensayo general del cual José Martí sacaría las experiencias que le permitirían en 1895 iniciar La Guerra Necesaria.
Vale destacar que su prédica política durante aquel año que permaneció en la Isla, levantó la bandera del independentismo contra las corrientes reformistas y autonomistas que prevalecían en aquel verano de 1878.