Por Nestor Nuñez

Asevera el periódico The Washington Post que en los más de 465 días transcurridos desde su juramento como presidente de los Estados Unidos, Donald Trump ha formulado una cifra superior a las tres mil afirmaciones falsas.
Cuando empezó esa contabilidad, explican sus promotores, luego de los primeros cien días de presencia en la Casa Blanca, el actual jefe de Estado acumulaba un promedio 4,6 aseveraciones engañosas por día y, poco a poco, ese guarismo número aumentó hasta nueve cada veinticuatro horas.
Y sin dudas, explican no pocos aficionados a tan singular ejercicio matemático, muchas de esas falacias tienen que ver con sus “preocupaciones por las constantes matanzas estudiantiles a manos de poseedores de armas” y hasta con sus “sentidas condolencias oficiales a los familiares de las víctimas.”
La prueba más fehaciente resultó la reciente diatriba de Trump ante los integrantes de la Asociación Nacional del Rifle, ocurrida a escasos cuatro meses de la balacera en la escuela secundaria de Stoneman Douglas, en Parkland, Florida, que quitó la vida a diecisiete alumnos del centro y ha generado un masivo movimiento juvenil en contra de la libre tenencia de pertrechos en el país.
No obstante, por sobre todas esas desgracias y consecuente indignación pública, el presidente norteamericano afirmó rotundamente ante un entusiasta auditorio, que la enmienda constitucional que permite la masiva posesión de armas “nunca estará bajo asedio oficial.”
En otras palabras, que santificó que la primera potencia capitalista seguirá siendo una nación donde cualquiera puede acceder al tipo de armas que considere, más allá de los horrendos sucesos que esa decisión ha provocado en toda la Unión.
Reiteró Trump además, que estar armado es una garantía de no ser víctima de ataques por ajenos, y por tanto ese presunto derecho será respetado y consagrado por su administración.
Consecuentemente, insistió que, en el caso de los persistentes ataques a centros de estudio, la mejor decisión consiste en entregar armas a los maestros para que, en una suerte de doble papel de docentes-gendarmes, se líen a balazos con cualquiera que abra fuego contra las aulas…y al diablo las leyes, la ejemplaridad profesoral y el noble rol formativo que deben cumplir los sumados al magisterio.
Pero hay de todo en “la viña del señor Trump” , y en su citado discurso ante la Asociación Nacional de Rifle, una crucial donante de fondos para su campaña electoral, tuvo incluso el desatino de romper todos los límites éticos y diplomáticos.
Dice la prensa que Trump consideró en su intervención que los ciento treinta ciudadanos masacrados en dos mil quince en París por los terroristas que ametrallaron un centro nocturno, no hubiesen muerto de haber estado armados.
Y, según cuentan los reporteros, al mismo tiempo que soltaba tamaña barbaridad, gesticulaba con las manos como si estuviese portando un fusil e imitaba el sonido de los disparos con la boca, bajo las risas y el aplauso del “selecto” público que le rodeaba,
De inmediato, en la capital gala, el ex jefe de gobierno en aquellos años Fransuá Holánd calificó de vergonzoso lo dicho y hecho por Trump, mientras que el ex primer ministro Manuel Valls escribió en medios digitales: “Es indecente e incompetente. Qué otra cosa se puede decir”. Por demás, el París oficial también le rechazó oficialmente.
En consecuencia, por si alguien por asomo pensó lo contrario, mientras Trump ejerza la presidencia los balazos seguirán a la orden del día como parte del “insuperable paisaje de la sociedad Made in USA.”