Por Jorge Angel HernándezÂ
Con la inauguración de las muestras de Camilo Yáñez, de Chile; Maya Watanabe, de Perú; Adler Guerrier, de HaitÃ; Abdoulaye Konaté, de Mali; Tejido colectivo, de Alexia Miranda, de El Salvador; TRES, de México, Clemens Krauss, de Alemania; Fernando Foglino de Uruguay, Ibrahim Ahmed de Egipto; y ArqueologÃa del color, de David Beltrán; asà como Blanco, de Tamara Campo, ambos de Cuba, quedó oficialmente inaugurada la XIII Bienal de La Habana. Bajo el lema de La construcción de lo posible y precedida por todo tipo de dificultades y presiones, el evento no es solo un hecho exitoso en sà mismo, como propuesta de confrontación de tendencias y modos de expresión artÃstica a estas alturas del convulso siglo XXI, sino un suceso que trasciende el interés gremial y llama la atención de buena parte de la población cubana.

¿Por qué, si tuvieran el resultado y la censura que dicen padecer, fue por completo nula la repercusión del intento anterior, que llevaron a cabo sin competencia de eventos? Necesitan, sin más, de esta Bienal, auténtica y posible. ¿Cómo se explica que en la propia muestra central de la Bienal de La Habana se hallen 41 artistas que firmaron o apoyaron un documento contra el 349? ¿No habrÃa que hablar de obra antes que de censura? ¿Cómo es que en esa lista, supuestamente diabólica, se encuentra el más reciente Premio Nacional de Artes visuales, quien no podrá quejarse de la difusión y transparencia de las instituciones con su reconocimiento y su obra durante todo este tiempo, y quien participa también en la Bienal?
No hay que evadir, insisto, que el problema es de obra artÃstica, no de espectro polÃtico, no de meandros ideológicos. Han llegado al punto, acaso enfermizo, de intentar usurpar la identidad del evento, creando páginas falsas que supuestamente son suyas.
Por si no fuera suficiente, 88 firmantes del citado documento, entre los cuales 67 son artistas visuales, integran el programa colateral de esta Bienal de la Habana. ¿No es demasiado para sostener la falacia de censura, o de presuntas Bienales paralelas?
Tan abultado es el programa general que al acto oficial de inauguración se anticiparon varias aperturas, como Veladoras Arte Universal, del relevante artista mexicano Gabriel Orozco, en el edificio de Arte Universal del Museo Nacional de Bellas Artes, o HB, en las GalerÃas del Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso, Collage Habana y el Taller Ensamble, con la cual se inauguró oficialmente el nutrido conjunto de muestras colaterales. En este mismo programa se abrieron las exposiciones Óleos, de Niels Reyes, en la GalerÃa Artis, y Sitio en construcción, de Moisés Finalé, con la colaboración de varios artistas, en el Taller La Nave. Puedo dar fe de que todas estaban abarrotadas de asistentes y de que las obras en exhibición no responden a tópicos de complacencia oficialista.
De acuerdo con datos preliminares de la institución, el programa colateral rebasa las 170 exposiciones, con más de mil artistas incluidos en ellas. Más que un ejercicio de inclusión y reconocimiento, se convierte en un llamado al caos de la libertad de expresión y un desafÃo al curso acaso imposible de la organización. Nadie que conozca un mÃnimo de arte podrá decir, al ver las obras, que hubo censura. La sociedad cubana de hoy, con sus prejuicios, limitaciones, carencias y tantos insólitos relatos cotidianos, aparece y es cuestionada en ellas. Más bien se aprecia un vicio común de descargar y avasallar, sin considerar posible el equilibrio que cualquier especialista de otras materias, como las Ciencias Sociales, pudiera revelar. Más que puertas, se han abierto diques, en cuyos torrentes podrá sumergirse la población cubana, conocedora o no de los mecanismos expresivos de las artes visuales de este tiempo.
Tanto el programa central como el colateral de la XIII Bienal de La Habana se extenderán a varias provincias del paÃs, con lo cual no solo se rompe el cÃrculo geográfico de los eventos anteriores, sino que se revela incompleto el propio nombre que la identifica. No dudo que personas de juicio se molesten y cuestionen este u otro aspecto, pues hay mucho, a mi criterio, que merece ser analizado y debatido a fondo. Es algo que debemos dejar al campo de la crÃtica y a la pertinencia operativa de las instituciones que llevan adelante un hecho de tanta magnitud. Necesitamos, creo, impulsar esa crÃtica y confrontar esas visiones, para demostrar el nulo crédito de todas, exactamente todas, las intentonas domeñadas por la mala sangre y el ombliguismo desagradecido, que han forcejeado por boicotear a toda costa un suceso que siempre las rebasa. Queda además, para la comunidad artÃstica, pensar no solo en sus necesidades expresivas, sino en el ansia de comunicación del receptor, que puede ser muy amplio, aunque no lo parezca.
La JiribillaÂ