Desde el 26 de marzo de 2015, hace cuatro años ya, los gobiernos de Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Sudán y Bahréin (bajo el auspicio y apoyo directo de los Estados Unidos) están llevando a cabo una masiva campaña de bombardeos en Yemen, destruyendo así de manera deliberada infraestructuras esenciales para la supervivencia de 28 millones de yemeníes, lo que constituye a todas luces un crimen de guerra.
El grupo de investigación Yemen Data Project contabiliza y analiza el número de bombardeos que, desde 2015, la coalición emiro-saudí ha desplegado contra la población y el territorio yemeníes: al 28 de febrero de 2019, un total de 19 mil 278 bombardeos han dado lugar, mientras que el 30% de ellos han apuntado a objetivos civiles como granjas, mercados, barcos de pesca, etc.
Los objetivos de los bombardeos se han centrado en tres áreas esenciales de la vida de cualquier país, pero que la coalición saudí-emiratí decidió erradicar a la fuerza:
Las consecuencias de estos bombardeos masivos son notables, aunque no para los medios corporativos y políticos de Occidente: el poder fuego emiro-saudí ha provocado que Yemen experimente la crisis humanitaria más grave del mundo, y quizás de la historia moderna. Según la Organización de las Naciones Unidas (ONU), el 80% de la población yemení necesita ayuda humanitaria urgente y sus funcionarios han sido enfáticos en que “no hay justificación para la carnicería que se vive en Yemen“.
Es una estrategia de exterminio el que lleva a cabo la coalición apoyada por Occidente, cuyas principales armas son el hambre y el fuego, puesta en marcha gracias a las armas y vehículos militares vendidos por los Estados Unidos y Francia, principalmente (aviones, bombas de guiado láser, navíos). Asimismo, el apoyo diplomático que aquellos países dan a los gobiernos monárquicos de Arabia Saudí es vital.
Al comienzo de la campaña militar, eran diez los países que formaron la coalición como presión militar contra los hutíes, facción política y armada que dio un golpe de Estado al gobierno que las petromonarquías del Golfo apoyaban. Desde entonces, el apoyo ha sido más diplomático y logístico que militar del resto de gobiernos.
Los datos son de la ONU y Yemen Data Project, que este último también afirma que las bajas civiles alcanzan la cifra de más de 17 mil 900 por los bombardeos, más de 8 mil 300 de muertos entre ellos y más de 9 mil 500 heridos. En un total de 19 mil 600 bombardeos desde 2015 hasta hoy.
Llama la atención los números de objetivos bombardeados: más de 6 mil 700 militares, más de 6 mil 200 no militares y más de 6 mil 600 objetivos desconocidos.
Todos los datos sólo son una traducción estadística de la crisis humanitaria yemení fabricada por la guerra que impusieron a una población con amplio apoyo del “mundo libre”. Los precedentes de las intervenciones militares contra la exterminada Yugoslavia, Iraq y Libia son muestra suficiente de que los crímenes de guerra producen consecuencias mortales.
Yemen es hoy la víctima más evidente y silenciada del mundo, en un rincón geográfico poco apreciado por los países del “primer mundo” de manera adrede. Pero en la mira se encuentran otras naciones como Venezuela, en donde también se ha intentado fabricar una crisis humanitaria a base de bloqueos, embargos y sabotajes a sus infraestructuras vitales.
Valga el ejemplo yemení como muestra de lo que son capaces aquellos que imponen guerras a la fuerza.