En esa infancia ya algo lejana, primero educadores les enseñaban por medio de señas; después, especialistas de relieve nacional se afanaban en los procedimientos preoperatorios, quirúrgicos y posquirúrgicos que les permitirían ser lo que hoy son: jóvenes cubanos que escuchan y, en consecuencia, hablan.
Tuve la dicha de vivir este momento, de palpar la alegría infinita, de mirar sus rostros, de verlos nerviosos en un principio y relajados después, vi preocupadas a las muchachas porque no se les notara su implante, vi a los muchachos carraspear para que la voz les saliera nítida cuando se presentaran ante Raúl. Por Leticia Martínez.
¿Imaginas un mundo en el que no puedas oír la voz de tus seres queridos? Uno en el que la sonrisa de un niño, el sonido del mar, el canto de los pájaros, o incluso la música más diversa sean opciones totalmente desconocidas.
Leticia Martínez Hernández SANTIAGO DE CUBA.–Con una sorpresa especial amaneció en el cementerio Santa Ifigenia este martes de diciembre. Apenas despertaba la ciudad cuando un grupo de jóvenes llegó hasta el lugar más sagrado de la Patria. Horas antes habían participado en la multitudinaria peregrinación del pueblo santiaguero en homenaje a Fidel, pero esta nueva […]