Ocupando un lugar importante en la obra publicada de Fabián Escalante Font —aparecida en conjunto bajo el rubro de La guerra secreta, de la que ya han visto la luz 11 títulos— los aspectos referidos a las acciones del gobierno de Estados Unidos contra la Revolución cubana con posterioridad a la invasión por Playa Girón, al calor de la denominada Operación Mangosta, han sido objeto de particular atención. Esta nueva entrega de La guerra secreta. Proyecto Cuba (Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2008) así lo confirma.
Cuando los historiadores liberales evocan la creación de la Organización de Estados Americanos (OEA, Bogotá, abril de 1948) suelen subestimar el impacto de un par de acontecimientos simultáneos que tuvieron lugar en la capital de Colombia: la celebración del primer Congreso Continental de Estudiantes, y el estallido popular ocasionado por el asesinato del líder popular Jorge Eliécer Gaitán (el bogotazo), origen de la violencia política y social que continúa sacudiendo al país sudamericano.
A pesar de las amenazas y presiones en la prensa escrita y digital, la mafia anticubana asentada en Miami no logró impedir que a la II Cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños asistieran la casi totalidad de Jefes de Estado y Gobierno que la integran, a los que se sumaron el Secretario General de la ONU, Ban Ki-moon y el de la Organización de Estados Americanos (OEA), José Miguel Insulza.
De que la anunciada contracumbre que sesiona en la Universidad Internacional de la Florida de Miami no es más que una cortina de humo que intenta distraer a la opinión pública mundial del rotundo fracaso que significa para Estados Unidos la reunión de toda América Latina y el Caribe en la Habana, dan fe los partes de prensa que hasta ahora se han publicado sobre dicho evento.
Cuando el 3 de diciembre del 2011 en la Cumbre fundacional de la CELAC en Caracas, el General de Ejército Raúl Castro Ruz en la Cumbre expresó: “La Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños es nuestra obra más preciada. Simbólicamente, consolida el concepto de una región unida y soberana, comprometida con un destino común“, no estaba lejos de pensar que nacía la concreción de los sueños de una región que permaneció dormida durante años a la espera de su momento.
Llamó mucho la atención, que el pasado 8 de noviembre el presidente Barack Obama declarara en Miami que era necesario “actualizar” la política de Estados Unidos hacia Cuba. Desde mi punto de vista, el objetivo fue exactamente lo que se dijo: recaudar fondos e impulsar la campaña demócrata para las elecciones parciales del próximo año. Lo relevante es que el lugar escogido fuese la casa del presidente de la Fundación Nacional Cubano Americana y que el tema para atraer al electorado cubanoamericano consistiera en la necesidad de transformar la política norteamericana hacia la Isla. ¡Cómo cambian los tiempos!, podría afirmar más de uno.
Esta interrogante es para ser respondida por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) de la OEA, la que al parecer no ve lo que realmente tiene que mirar para condenar a los verdaderos responsables de tantas injusticias en el continente latinoamericano.
Es cierto que EE.UU. no es signatario de esa convención, pero cuan distinta fue su posición en la década del 60 y después en los 80 e inicios de los 90 cuando estimuló y apoyó la entrada de contrarrevolucionarios y personas con pésimos antecedentes penales en sedes diplomáticas en la Habana, como parte de su propaganda anti cubana, y para ampliar la matriz de opinión de que “huían del comunismo”.