Allí, en la arena, al oeste de Girón, transcurre el violento combate. A Efraín un obús le destroza las dos piernas. La asistencia médica no puede llegar a tiempo y su cuerpo queda tendido en la arena, cubierto con ramas por sus compañeros, hasta que es retirado del lugar. Roberto y Eusebio, víctimas del fuego enemigo, también caen.
Tomado del libro “66 horas”, de Rodolfo Romero. «Las sombras de la noche comenzaban a cernirse sobre la carretera que va de Playa Larga a Playa Girón. Los vehículos que han logrado rebasar el ataque de la aviación norteamericana se detienen al borde del camino. Adalberto desciende de uno de ellos. «Una figura familiar se […]
Todos coinciden en que en ningún momento dejó de arengar a los combatientes, que aún herido en un hombro seguía combatiendo, que el disparo mortal lo recibió en la frente y que nunca soltó su fusil FAL. Algunos dicen que estaba encima de uno de los tanques, otros que avanzaba pegado a la costa…
Unas horas después, sobre la arena de la playa, se funden en un eterno abrazo. Cuando se lanza a socorrer a su amigo, mientras lo sujeta por la cintura para que no caiga al suelo, las mismas balas enemigas acaban con su corta vida; fiel a la Patria y a su amigo.
“El tiroteo fue muy intenso pero la orden era seguir avanzando. Unos metros más adelante lo vi tendido en el suelo, la 50 lo había atravesado y también tenía perforado el cráneo. ¡Mi amigo Palmero, caray! Yo lo conocí cuando los días del Escambray. Él venía también del Ejército Rebelde, pero de la Columna 8, la que dirigía el Che”, cuenta Félix.
Le explotó un obús de mortero y entonces quedó abierto completo, no se le veía la cara ni nada. Digo: “Coño, quién será”. Lo veo vestido de verdeolivo y pienso: “este es policía también”. Saco el carné del bolsillo y cuando veo el carné, óigame, yo me eché a llorar compadre, a mí no me da pena decirlo.
Cuenta Iraida que “dos veces viró para despedirse y hacerme una nueva recomendación. Por último quería darme un dinero que tenía, yo le dije: ´Es mejor que lo lleves, puede hacerte falta´. Me dijo: ´Estás enferma y yo allá me las arreglaré. Además, no sé si saldremos en alguna operación, o si iremos a combatir”.
El aire batía un poquito y lo húmedo del calzoncillo, la sustancia esa, se prendía. Me apagaba con la mano, le daba manotazos a la candela y se volvía a prender. En la pierna, en el brazo, y yo apagándome. Con las manos. No había otro medio para apagarse (…) Me quemé toda la cara. El pelo no se quemó por la boina, parece. Con el fusil y las manos me había tapado los ojos. Toda la cara quemada, los brazos, las piernas, la espalda: el 63 por ciento del cuerpo quemado.
Carini sale a todo correr hacia la Motorizada. Desde el día 15 estaba acuartelado en espera de la inminente invasión. Hace unos meses había sido seleccionado para ingresar en el Departamento Técnico de Investigaciones (DTI). El número 1324 identifica al joven capitalino.
“Aquella noche del 15 participamos en los funerales de los caídos. Recuerdo que fuimos a la Universidad e hicimos guardia de honor. Por la mañana asistimos al sepelio de las víctimas en 23 y 12. A mediados del acto, tuvimos que retirarnos pues se nos vencía el pase y debíamos reincorporarnos al Batallón. El discurso de Fidel lo escuchamos por el camino·”, recuerda Félix.